viernes, 12 de marzo de 2010

ANHELO (Con Cervantes) Azorin

Fuente de la foto: Aquí


Anhelo
La casa es vivienda espaciosa y cómoda, de labradores ricos; murieron los dueños hace años y dejaron una heredera. Lleva la hacienda un hermano del padre, Francisco Lorenzo, y gobierna la casa una criada antigua, María Jesús. De padres vigorosos y sanos, salió una criatura delicada; en el primer mes del embarazo hubo en el pueblo una tormenta horrísona y la madre se amedrentó; luego, la madre, para trastear fácilmente por la casa, se ciñó en demasía. Cual hija única la criaron con mimo; pusiéronla en un colegio de Toledo, donde permaneció seis años. A la muerte del padre, la trajeron al pueblo; no pudieron traerla cuando murió la madre porque fue súbito el fallecimiento. Al regresar la niña al pueblo y entrar en la casa -vino silenciosa todo el camino-, lo primero que hizo fue sentarse junto al balcón en el cojín mismo en que se sentaba su madre para hacer labor; estuvo un momento sentada y rompió a llorar.

Era alta, cimbreante y bien proporcionada; no le gustaba ataviarse con riqueza, y sí el ir siempre irreprochablemente limpia. Sentía predilección por las flores, y de todas prefería las azucenas; como sus manos eran blancas, se confundían con las blancas azucenas cuando estaban colocándolas en un jarro. Tenía pasión por la ropa blanca y por los encajes; le gustaba escoger los anchos lienzos de Holanda, bien olientes después de lavados, y contemplaba absorta la albura nítida antes de colocarlos en las camas. Sobre todos los muebles de la casa -mesas, consolas, cómodas- había colocado paños blancos orlados de encajes, que ella había labrado. Caminaba lentamente, como ensimismada, y, a veces, cuando al aderezar un ramo de flores aspiraba su penetrante olor, sentía, por un momento, como un vahído y tenía que sentarse.

De todos los rasgos de su faz, lo que más atraía eran los ojos: no se sabía de qué color eran; grandes, con largas pestañas, semejaban a veces glaucos, otras, de azul claro, y otras, de verde tenue. Cuando se hablaba con ella, se sentía al instante el imán de los ojos. Si el interlocutor se ponía a mirarlos fijamente, entonces ella, que conocía su hechizo, se ponía colorada, abría y cerraba los ojos presurosamente y los dejaba al cabo a medio cerrar, cual adormilados. Quien los estaba contemplando quedaba con ello más hechizado.

En la misma sala en que trabajaba la madre, sentada en el propio almohadón, junto a la ventana, se halla la hija; está hace tiempo un poco pálida; tiene ahora el mundillo de labrar encaje , apoyado por el extremo bajo en el regazo y el alto lo sostiene un escabel. Las manos de la joven van manejando diestramente los bolillos ; estos macitos de caoba producen, al chocar entre ellos, un ruido rítmico que resuena en la sala silenciosa. A veces, la joven se detiene y permanece largo rato abstraída. Entra María Jesús con un vidrio de agua; han puesto en una tinajita unos trozos de hierro dulce, y todas las mañanas, a esta hora, María Jesús saca con el acetre agua de la tinaja y la trae en el vaso. Lo ha colocado en el escabel y ha dicho:

-¿En qué piensa, mi ama?


El ama ha contestado

-¡Siempre aquí, María Jesús! ¡Siempre lo mismo, María Jesús!

-¿Y no es bonito el Toboso? ¿Dónde vamos a estar mejor, mi ama? ¿En Quintanar de la Orden? ¿En Miguel Esteban? ¿En la Puebla de Don Fadrique?

Todos éstos son pueblos cercanos al Toboso; Quintanar de la Orden es una de las más populosas poblaciones de la tierra toledana. María Jesús ríe al escuchar a su ama; va y viene por la sala; aparta las sillas que estaban muy arrimadas a la pared y podían desconchar la cal con el roce; estira los pañitos blancos de la cómoda y la consola; iguala los cuadros que estaban desnivelados; entra en la alcoba, cerrada por una vidriera con cortinillas rojas, y tienta los colchones para ver si están bien mullidos. El vaso de agua ferruginosa está en el escabel y todavía Aldonza Lorenzo no ha puesto en él sus labios. María Jesús, cansada de trajinar por la sala, ha acabado por sentarse en un almohadón, frente a su ama.

-¡Siempre aquí, María Jesús! -repite tristemente la joven.

-¿Y qué nos falta aquí? ¡Alégrese, mi ama! ¡Que vea yo esos ojos reírse!

Aldonza sonríe levemente. Aldonza Lorenzo siente el anhelo de lo desconocido, y María Jesús se atiene a lo cotidiano tradicional. Aldonza querría ir por esos mundos, y María Jesús se encuentra satisfecha en el Toboso.

-¡En el Toboso no pasa nada, María Jesús! -exclama la joven.

-¿Que no pasa nada, mi ama? ¡Anda y si pasan cosas! Nada más que esta mañana al amanecer, al levantarme, cuando estaba asomada a la ventana, he visto la cosa más rara del mundo. Pero no se la cuento a mi ama hasta que mi ama no se ría.

-Tú ves visiones, María Jesús. No te creo ya cuando me cuentas alguno de esos sucedidos para alegrarme; son todo imaginaciones tuyas.

-¡Anda, imaginaciones! ¿Y el caballero armado de punta en blanco, con una lanza, montado en un caballo, que he visto esta madrugada, será también una imaginación mía?


FUENTE DEL TEXTO:Aquí